2019

Sociedades libres (SL)

Un portal sobre el proceso secesionista seguido en Cataluña por sus dirigentes políticos

Traducción al alemán, catalán e inglés

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¿No comía usted, señor golpista?
Román Langosto

Cuando el recurso a la razón se acaba, cuando la sensatez está arrasada y el talento devastado, entonces, señores golpistas, queda el expediente de la sensibilidad, la nostalgia y hasta de la compasión.

Con la aprobación de la Constitución española, que celebramos hace poco, se relegó la pena de muerte al olvido, como era preceptivo en el concurso de países europeos a los que pertenecemos. Pero en Cataluña, la muerte en razón de discrepancias políticas sigue vigente, como podemos ver en cualquier telediario. ¡Oiga, pero si no hay muertos! Todavía no, pero no es que ustedes no lo intenten: asaltos, escraches, golpes, insultos…

Conjuntamente, en la Cataluña separatista permanece vivo -más o menos, la verdad- el esquivo recuerdo de aquel cura, Xirinacs, que se dejó morir de hambre en una acera de la calle Provenza, frente a la cárcel Modelo. Quien esto escribe lo fue a ver muchas veces, y hasta le llevó alguna tontería, por si el ínclito se dignaba merendar. Xirinacs manifestaba de ese modo su oposición a la pena de muerte dictada contra un joven que hacía poco había asesinado a un guardia. Y Xirinacs quería reivindicar al joven y reivindicar la libertad que suponía mancillada, esto es, la libertad de los catalanes separatistas capaces de matar a un guardia con familia e hijos. Su empeño no tuvo éxito y el garrote hizo su trabajo. El cura también murió. Bueno, se murió, con partícula reflexiva.

Algunos presos en preventiva decidieron, meses atrás, dejar de comer. Pobres, eran presos preventivos por la incalificable obcecación española en no dejarse destruir, por la vergonzosa obstinación española en seguir viviendo en un país con leyes, por la afrentosa testarudez española en no ser arrastrados al abismo.

Los presos en preventiva, que en ocasiones han reiterado su contumaz obcecación en volver a delinquir, dieron un golpe de estado mandando a tomar viento Constitución, Estatut y todo lo que se les ocurrió. No respetaron leyes ni sentencias, ni avisos ni advertencias. Y organizaron un entramado, en connivencia con fuerzas armadas (jefatura de los Mossos), destinado a que acudieran a votar en un falso referéndum miles de disciplinados seguidores, esa claca que les abunda en actos y retruécanos. Poco después, y como no podía ser de otra manera, pues lo de menos eran los votos -que ya estaban en las urnas antes de que llegaran los votantes, cual ejercicio de repugnante desafío a la democracia, tal y como denunciaron los observadores internacionales por ellos mismos pagados-, proclamaron unilateralmente la independencia, convencidos -sublimemente engañados-, de que toda Europa y medio mundo les daría la razón frente a la osadía española de no dejarse liquidar por las buenas.

Hechos como los descritos recibieron inmediatamente la solidaridad de sus gentes y cuando se les llamó a declarar y quedaron en prisión preventiva, dado que el que fuera presidente de los tales huyó a Bélgica, donde reside pasmosamente feliz, protegido por una reglamentación a todas luces ineficaz, ensuciaron Cataluña con proclamas tergiversadoras: presos políticos, dicen.

Pues bien, tales presos preventivos se declararon en huelga de hambre, como el cura Xirinacs y como la última estratagema para tratar de arrodillar al Estado, esta vez, queda dicho más arriba, por vía de la compasión. Decidieron abstenerse de comer, pero no estaban locos, dijeron, no pensaban inmolarse, no eran Xirinacs, pretendían tan solo tocar un poco más la fibra blanda de sus parroquianos, los que por turnos y en lugares convenientemente adaptados, mantuvieron un breve ayuno de unas horas, al mismo tiempo que instancias oficiales renunciaron a servir comidas o cenas, según comunicado.

Semejante mortificación, tan enorme ejercicio de voluntad política, tan tremenda razón de Estado, tan genial diseño estratégico quedó en nada. Evidentemente no se ensayaba un sagaz ejercicio de autoflagelación, ni probaron a sacrificarse a lo bonzo, simplemente removió el desconsuelo.

Barcelona, 1/02/2019

Román Langosto

 

 

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